➳ Cazadores de Brujas
El conjurador aparece tras una columna de humo gris y esmeralda.
─ Leta, ¿Qué sucede? -
Se agachó junto a ella, comprobando que no presentara heridas, pero su nariz muestra una leve derrama de sangre en un orificio, ella se agarra a él rápidamente, ayudándose para levantarse sin dejar de retroceder.
─ Son los supervivientes de nuestro ataque en Edimburgo, ellos rompieron el escudo de protección ─ pronunció exaltada ─ Corre, mi vida, ¡Corre! ─ gritó acelerando el paso.
Macon no lo dudó ni por un instante. Los cazadores de brujas. Sintió cómo Leta le clavaba las uñas en su chaqueta para tirar de él. No tardó en echar a correr junto a ella, preparando sus conjuros.
─ ¿Traen los inhibidores? ─ Giró un momento el torso para lanzar una mina mágica, que estallaría cuando el grupo pasara por encima. ─ ¡A la derecha, Leta! ─ Le gritó. Tras ellos se escuchó una explosión. Eso les daría algunos segundos de ventaja.
─ ¡Si! ¡Los traen! Anularon mis poderes cuando caí al suelo ─ .
De dicha manera ella gritó por el socorro de Macon y sin poder evitarlo causaron que la sangre roja como lava en erupción se derramara en las blancas mejillas de Leta. Escuchó a Macon y tomó rumbo hacia la derecha tras la explosión. Miró hacia atrás unos segundos más tarde, viendo aparecer de nuevo las casacas grises.
─ ¡Cuidado! ─ gritó empujando levemente a Macon, viendo caer a su lado una red mágica, cuyas cuerdas cruzadas hieren en contacto con criaturas como las brujas. Miró a Macon con la respiración acelerada, se entendieron con solo eso, había que esconderse. ─ Con los inhibidores no puedo hacer uso de mi magia... ─ dijo ella buscando un escondite a la vez que tomaba la mano de Macon ─ .
Si no hubiera sido por el empujón de Leta, las cuerdas habrían atrapado al conjurador. Estaba preparando otro hechizo, mientras cruzaba una mirada con la bruja. Ya habían pasado, tiempo atrás, por una situación similar. Confiaba en que Leta encontraría un sitio donde se pudieran ocultar. Sin soltar su mano, con la libre hizo que su bastón se convirtiera en un látigo de poder arcano, que hizo chasquear contra el suelo.
─ ¡Aardbewing! ─ Pronunciaba Macon. La calzada se quebró en dirección a sus perseguidores. Acto seguido, el bastón recuperó su forma habitual.
─ Tus poderes regresarán cuando disminuyan tus niveles de adrenalina. Es decir. Cuando encontremos un sitio donde resguardarnos.
El acto con látigo de Macon le dio un leve respiro a Leta, que buscaba desesperada un escondite, sabía perfectamente que hasta que no pudiera calmarse, los cazadores de brujas podrían detectarla. Entonces divisó a su izquierda un posible desvío por el que despistarles.
─ ¡A tu izquierda, Macon! ─ Los ojos de Leta, de color grisáceo por el peligro, se oscurecían cuando la hechicera paró en seco, frenando al conjurador. Les habían rodeado. Sin separarse el uno del otro empezaron a moverse nerviosos, cuando de repente ─ ¡No! ─ Leta cayó al suelo con los tobillos atados y las muñecas de igual forma. Macon levantó el brazo con la intención de asestarle un golpe de látigo a los que tenía enfrente, cuando sintió que su brazo lo atrapaban con una cadena por detrás. Alguien le golpeó en la espalda, en la zona de los lumbares, haciendo que el conjurador cayera de rodillas. Pero eso no fue suficiente. Con su otra mano, Macon estaba reuniendo energía para convocar otro hechizo, luchando contra la inhibición. Sin embargo, otro tipo alcanzó a golpearle en la cara, tirándolo al suelo. El conjurador estaba tratando de incorporarse cuando recibió otra patada en el estómago que le dejó sin respiración.
─ "Este es de los duros, jefe".─ Decía uno. Más cadenas se enrollaron en sus piernas, y le atraparon el otro brazo de igual forma. Aun así, todavía de sus dedos surgían chispas esmeralda. Estaba enfurecido. Había intentado colocarse junto a Leta, para interponerse entre los tipos aquellos y ella, pero le habían agarrado de las ropas, dispuesto a meterlo en lo que parecía un furgón negro. Probablemente estaría hecho con material resistente a la magia.
─ ¡Leta! ─ Gritó. A aquellos tipos les recorrió un escalofrío.
Levantaron a Leta del suelo, sujetándola entre tres, manteniendo su rostro hacia Macon mientras las cuerdas de sus tobillos y manos ardían cada vez más. No la estaban agrediendo, pero sentía más dolor y furia que nunca de ver cómo se ensañaban con su amor. Le atacaban sin piedad, riendo a carcajadas ante los gritos e intentos de liberación de Leta. Sólo quería matarlos. Nadie trataba así a Macon.
─ "Angustiada, ¿Preciosa? ¡Tu viejo chiflado ya es nuestro!" ─ uno de ellos cortó levemente la mejilla de Leta, incluso lo estaban celebrando como si ellos dos fueran su trofeo ─ "¡Por la cabeza de ella nos dan 100.00 galeones!" ─ Leta vió el furgón y como tiraban de Macon para meterlo dentro ─ Ahí no, ahí no... ─ ella había estado dentro y sabía lo horrible que era. Aprovechó un despiste de los cazadores y consiguió medio librarse, corriendo dolorida hacia él ─ ¡Macon! ─ la hechicera extendía su brazo hacia él cuando la detectaron y uno de los cazadores le asestó un golpe en la sien con un arma, abriéndole una brecha y haciéndola caer al suelo, medio consciente y medio inconsciente, intentando arrastrarse hacia él cuando era consciente de lo que hacía.
Macon se removía tratando de soltar de las cadenas ardientes que le apresaban. Vio cómo golpeaban a Leta y tuvieron que empujarlo dentro del furgón para que no fuera a por ella.
─ ¡Soltadme he dicho! ¡Pienso dar parte de esto al MACUSA y al Ministerio de...! ─ No pudo seguir hablando porque volvieron a golpearle. ─ "Así que este es el del MACUSA. ¿Cuánto daban por él?" ─ Al parecer, la suma era lo suficientemente alta como para... ─ ¡Os juro que os arrancaré los dientes y la cabeza si le hacéis algo! ─ Volvió a intentar ponerse en pie para ir junto a Leta.─ "No se preocupe. Nos ocuparemos muy bien, de su zorra". ─ Los tipos se echaron a reír. Macon removió sus cadenas y le golpeó en la espinilla al hombre que había dicho aquello. Aprovechó la distracción para intentar salir de allí de nuevo, pero alguien tiró de la cadena haciendo que quedara allí apresado. Con horror, vio cómo subían a Leta a otra furgoneta. Intentó llamarla... Pero justo le cerraron las puertas en la cara. Alguien le vendó los ojos. La oscuridad se cernió sobre él.
Sin poder hacer más por su debilidad, Leta sintió como uno de los cazadores la cogió y la llevó cargada a sus hombros hasta el furgón, en el que lo último que vio antes de cerrarse fue como encerraban a Macon victoriosos. Sus ojos explotaron en lágrimas de terror y de su pecho salió un grito, que hasta Macon desde dentro del furgón habría escuchado. ─ ¡No! ─ sus puertas también se cerraron. Leta empezó a sentir angustia. A Macon esa caja no le haría un efecto tan agudo como a ella, y se apoyaba en ello mientras sentía como se ahogaba, como perdía fuerza de sus poderes y revivía la sensación más angustiosa de su vida. Tan real y parecida al beso del dementor para ella. Se encogió en un rincón, reproduciendo en su mente los recuerdos más felices que tenía junto a Macon. Tras un interminable rato, vio por la rendija de las puertas cerradas una luz roja oscura. Ella negó con la cabeza aterrada. La llevaban directamente al ala de exterminio.
Al contrario de Leta, el oscuro conjurador estaba planificando en su cabeza las múltiples formas de matar a todos y cada uno de aquellos hombres. Se sentía desorientado y abatido. No sabía a dónde se llevaban a su hechicera, y le enfermaba imaginar qué podrían hacerle en su ausencia. Había escuchado su grito. «Ella sabrá defenderse, Melchizedek». Macon tragó saliva. No lo dudaba. Pero no soportaba estar lejos de ella en aquel momento. No le dieron más tiempo de reflexión. Con fuerza, abrieron las puertas del furgón.
─ "Vamos, viejo. Fuera". ─ Lo cogieron de la chaqueta y lo tiraron fuera, para luego llevarlo arrastrando por el pavimento. Macon consiguió ponerse en pie pero, desorientado, se tropezaba y tenían que agarrarlo con firmeza de la ropa. No tardó en dar con sus huesos en lo que parecía una celda, a juzgar por el sonido de barrotes al cerrarse. Por supuesto, no le quitaron las cadenas. Le dolían los músculos entumecidos. Apoyó la espalda en la pared, sentado en el polvoriento suelo.
─ "Ahora te vas a quedar ahí, vejestorio. Vamos a ir a ver... Cómo se encuentra tu mujercita". ─ No era verdad, de eso se encargarían otros, pero lo dijeron para atormentar al conjurador. Macon, todavía con los ojos vendados, sonrió peligrosamente. Estaba esperando a que se fueran a dormir. A que cayera la noche. Su padre le había enseñado a invadir las mentes de sus víctimas en el plano onírico... Y aquellas mentes eran demasiado simples para un íncubo como él. Sí. Al caer la noche, Melchizedek se iba a divertir.
De repente, Leta sintió como el furgón se paraba. No se podía mover, su magia seguía anulada. Como un animal indefenso, se aferraba al fondo del furgón, nerviosa. Dos cazadores abrieron la puerta totalmente serios, llevaban algo en la mano. Leta supo que no le dejarían ver el camino que seguirían hacia la celda, ella ya había estado allí y no correrían el riesgo. Uno de ellos la sujetó, manteniendo su rostro hacia él.
─ "Bebe, muñeca." ─ ella se negó, pero con la ayuda del otro cazador consiguieron hacerle ingerir el líquido. Era pócima del sueño, cosa que notó rápidamente cuando la sacaron del vehículo, cerrándosele los ojos. No estaba del todo dormida. Podía escuchar y ver a momentos, aunque bastante borroso. La dejaron caer en la celda sin cuidado alguno. ─ "Es la celda de tu amigo, qué honor, ¿No crees?" ─ dijo uno haciendo burla. Leta agudizó como pudo su vista, divisando un cartel en el exterior. [ Gellert Grindelwald]. Lo que le faltaba, encerrada en la celda de su propio traidor. Se apoyó en la pared intentando asimilar su estado. Percibió el sabor de la sangre que caía de la brecha en sus labios. A parte de esta brecha tenía un corte en la mejilla derecha, la sangre seca de la nariz. Su debilidad física y mental, junto con la poción del sueño, que empezaba a hacer efecto completo, no le dieron tregua. Parpadeó un par de veces y cayó tendida al suelo.
Había caído la noche. Macon seguía sin poder ver, pero lo notaba. En su esencia, lo sabía. El íncubo que había dentro de él se removió, haciendo que el propio Macon se retorciera en sus cadenas. Melchizedek se despertaba. Y estaba hambriento. Quería a su dueña de vuelta con él. El conjurador gruñó, jadeaba. Aquel trance siempre era doloroso, pero las ansias de venganza y muerte siempre aplacaban cualquier penuria. Iba a matar, después de mucho tiempo. La última vez fue en su exilio a Nueva York, donde indujo a más de mil personas a suicidarse. Así trabajaba Melchizedek. Sutil. Letal. Sin dejar huellas. Sintió como si un velo frío le atravesara. Estaba viajando al plano onírico, donde daría caza a sus presas. En las tinieblas primigenias, Melchizedek se relamió. Al primero le susurró que se ahorcara, al siguiente que se ahogara. A otro le arrancaba los sueños mientras le colocaba una pistola en la mano. Así, uno a uno, caerían todos. Melchizedek dejó escapar una risa sádica. Entonces, algo llamó su atención. Era un nuevo punto de luz. Una mujer. Su mujer. Acercando sus finos y largos dedos hacia ese punto de luz - pues eso eran las conciencias en el plano onírico, puntos de luz -, se adentró en aquel sueño. Leta estaba hecha un ovillo junto a la fuente del jardín de la mansión Ravenwood. Melchizedek la observaba, con sus ojos de fuego y sus patas de cabra. Su cabeza coronada por dos cuernos y su torso de hombre desnudo. Leta estaba llorando, lo que arrancó al íncubo las ganas de reír. Se agachó, despacio, a su lado, sin emitir sonido alguno. Le daba miedo asustarla. Era su dueña.
Ella por fin había conseguido placidez, al fin y al cabo parecía que el mundo del sueño no era tan malo y le permitiría descansar. Estaba soñando, estaba perdida, hecha un ovillo en el jardín de la mansión Ravenwood, la cual no parecía recordar en ese momento. Lloraba, se sentía sola, desprotegida y temía que la atacaran. Hundía su rostro entre sus piernas, donde se sentía más segura. De un momento a otro sintió algo extraño, una presencia. Sentía como si la temperatura hubiera aumentado varios grados, incluso le costaba soportarlo. Quiso alzar su rostro para tomar aire, cuando divisó en el suelo un pelaje oscuro, pezuñas de cabra. Pezuñas de cab... Se sobresaltó, apartándose del sitio sin levantarse del suelo en cuanto alzó la vista. Reconoció perfectamente que era un íncubo, pero tenía el miedo tan agarrado a sus venas, que ni se le pasó por la cabeza pensar que pudiera ser Macon. Tan solo se apartaba, ahogada por su mirada de terror. ─ ¡Déjame en paz! No me hagas daño ─ .
Melchizedek no hablaba el idioma de los humanos, sino el lenguaje arcano, el que empleaba Macon para realizar sus hechizos. Sin embargo, pronunció unas palabras que a Leta deberían resultarle familiares.─ Lig van mhei lewe.─ "Luz de mi vida." Se puso de pie, sin apartar los ojos de ella. Podía hacer que Leta entendiera su lengua si ella le permitiera poner el dedo índice en su sien. Cosa que no parecía ahora posible dado el miedo -con razón- que tenía la joven. Melchizedek se quedó quieto mirándola, para darle a entender que no iba a hacerle daño. Se llevó una mano al corazón.
El íncubo se mantenía quieto frente a ella, que ahora le observaba protegida por una estatua. Entonces pronunció eso. "Lig van mhei lewe". A Leta le resultaba tan familiar... La imagen de su dulce Macon pronunciándolas con una suave sonrisa apareció en su mente. ─ M... ¿Macon? E-eres tú? ─ dijo observando cómo se llevaba la mano al corazón. Necesitaba ver bien sus ojos para comprobarlo, y la hechicera salió muy poco a poco de detrás de la estatua, dando pequeños pasos mientras agudizaba su vista, buscando en los ojos del íncubo la esencia del alma de su amado─ .
Melchizedek esbozó una suave sonrisa en su afilado rostro cuando vio que Leta salía de detrás de la fuente y se acercaba a él. Al quedarse ella frente a él, aprovechó para levantar una mano. No pudo acariciar sus cabellos negros, ni rozar con dulzura la herida que tenía en la frente y en la mejilla... Pero posó la punta del dedo índice en su sien derecha, donde se alojaba el punto de luz de su conciencia.─ Ahora conoces a Melchizedek, señora mía.─ Pronunciaba con voz grave.─ Con él he podido dar muerte a nuestros captores.
Al verle alzar la mano se alteró un poco, pero era Macon... Le dejó hacer. Escuchó lo que le dijo cuando posó el dedo índice en su sien, no pudo evitar sonreír.
─ Melchizedek... ─ una suave risa salió de sus labios a la vez que le ofrecía una reverencia ─ Gracias ─ pronunció refiriéndose al acto de matar a sus captores. Instintivamente una de sus manos se deslizó por la extremidad del íncubo, sin apartar su mirada de la de él. ─ Vendrás... ¿A buscarme? No puedo salir de la celda, es la de máxima seguridad ─ dijo apenada bajando su rostro.
─ Vendré a por ti, mi Leta.─ Melchizedek cerró los ojos. Esta vez, posó el otro dedo índice en su otra sien, en la parte del subconsciente. Y ahora sí. Pensó en el primer beso que se dieron, en su reencuentro en Newcastle, la mudanza de Leta a la mansión Ravenwood, su pedida de matrimonio... Momentos felices que habían vivido juntos para que, cuando él desapareciera de allí, Leta se quedara acompañada por esos pensamientos. ─ Te veré al despertar, lig van mhei lewe.─ Melchizedek bajó los brazos y comenzó a desaparecer, sus ojos negros y rojizos posados en los de ella. Le había gustado escucharla reír al menos. En la otra celda, Macon Ravenwood abrió los ojos.
Cuando otro de los dedos de Melchizedek se posó sobre la sien contraria de la hechicera, haciendo aparecer momentos tan felices para ella, una gran sonrisa se formó en su rostro, alcanzando la placidez del sueño que buscaba al principio, cuando para cualquier otra persona, la aparición de un íncubo en los sueños podía provocar un grave desajuste cerebral o... La muerte. Sin embargo ella volvía a unir el mundo onírico y el real como si levitara, totalmente en calma. En el mundo real, respiraba profundamente cuando se despertó. ─ Macon ─ fue lo que llegó a pronunciar justo después de abrir los ojos.
«Leta» - Al abrir los ojos, Macon vio oscuridad, porque seguía con la venda cubriendo sus ojos. Dejó que su mente volviera del plano onírico despacio, o podría resultarle fatal. Cuando ya recuperó su conciencia, el conjurador inspiró profundamente. Tenía que sacar a Leta de allí. Aunque todos los cazadores de ese edificio estaban muertos, no tardarían en volver más. Estaba intentando revertir el efecto de los inhibidores de las cadenas. Una gota de sudor le resbaló de la venda de los ojos, mezclándose con la sangre seca del rostro. Se escuchó un ruido metálico cayendo al suelo. Le ardían las piernas y los brazos, que estaban marcados con los eslabones de las cadenas. Con los músculos entumecidos, el conjurador se quitó la venda, poniéndose en pie, apoyándose en la pared. Miró hacia los barrotes.- «Leta» - Pensó de nuevo. Como una exhalación, se transformó en una potente bruma que arrasó con su celda y con los pasillos por donde pasaba. Se materializó ante la puerta de la hechicera. Entornó los ojos. Agarró la puerta por el pomo. Con el uso de su magia, literalmente, la arrancó de sus bisagras. Ahí dentro estaba Leta. Dejó la puerta caer de cualquier manera y se acercó hasta donde estaba ella.
─ Mi amor... ─ Se agachó para tomarle el pulso y apartarla del suelo, cogiéndola en brazos.─ Leta... Háblame.
Ya había abierto los ojos, pero aún no miraba con atención. Estaba levantada del suelo levemente, en sus brazos. Cuando cayó en la cuenta buscó los ojos de Macon, mirándola preocupado. ─ Macon... Oh, cariño... ─ aunque dolorida alzó sus brazos, quería abrazarle después lo que habían pasado ─ Viniste... - dijo esbozando una sonrisa─ .
─ Oh, Leta... Cómo no hacerlo. ─ Macon la acercó hasta él para estrecharla entre sus brazos. Cerró los ojos disfrutando de su cercanía. Por un momento había creído que la perdería aquel día. Al abrir los ojos, leyó el nombre que estaba grabado en la puerta. Grindelwald. Entornó los ojos.
─ Vámonos de aquí, mi señora. Agárrese a mi cuello. ─ El conjurador, a pesar de lo dolorido que se sentía, la sostuvo en brazos mientras se ponía en pie. No iba a soltarla ni un momento. Volvían a casa. No dormiría aquel día hasta levantar en Newcastle los escudos que había estado preparando desde su llegada al pueblo, en su laboratorio.
Leta se quedó abrazada a él mientras la alzaba en brazos. Realmente sentía un fuerte terror de perderle y pese a haberle visto en su forma de íncubo en sueños, había sido la noche más larga de todas, durmiendo sin él a su lado. En unos instantes se aparecieron en el salón de la Mansión Ravenwood, cayendo sentados en el sofá por el cansancio. Entonces Leta observó y acarició muy cuidadosamente a Macon.
─ Amor mío, te han hecho daño... Estás herido... ─ dijo con expresión triste─ .
El conjurador se recostó en el sofá. Le habían dado una patada en las costillas y en los lumbares, con una de esas pesadas botas tipo militar. Pero ladeó el rostro hacia donde estaba Leta, y le sonrió. ─ Preciosa.─ Alzó una mano para acariciarle el rostro. Con su magia, cerró la herida de su cabeza y su mejilla, mientras la acariciaba con suavidad.─ ¿Estás bien, Leta?
─ Estoy... ─ susurró ─ Conmocionada... Pensé que te perdía ─ se acarició la zona de las heridas, sonriendo al ver que no estaban ─ Gracias...─ ya no se aguantaba más, se inclinó junto a él y le besó ─ Me dejarás... ¿Que te haga uno de esos masajes curativos en los lumbares? Esa patada... Me dolió hasta a mí... ─ dijo mirando a Macon a los ojos.
Macon, de hecho, se sentía como si le hubieran partido la espalda por la mitad. Correspondió a su beso con ternura. ─ Puedo... Puedo ocuparme yo de ello, Leta. No te preocupes. ─ Apoyó la frente en la de ella, agotado. ─ Ve a darte un baño caliente, estaré bien. ─ Le decía, rozando sus labios con suavidad, sin llegar a besarlos. Ella negó con la cabeza ─ No, mi vida... De verdad insisto ─ dijo esbozando una sonrisa ─ Una de las promesas que haremos es... En la salud y en la enfermedad, y aunque esto ha sido una pelea malcarada ─ rió levemente ─ Déjame cuidarte, mi baño puede esperar ─ Leta se levantó y le tendió su mano para que la siguiera.
Macon miró la mano que le tendía, y luego a ella. No podía decirle que no a ese rostro. ─ De acuerdo... ─ Tomó su mano, mientras con la otra hacía aparecer su bastón para ayudarse a ponerse en pie. Esgrimió una mueca de dolor que intentó disimular.
─ Te sigo, Leta. ─ Le dijo, aferrado a su mano.
─ Así me gusta, mi señor ─ Le ayudó a levantarse, y una vez de pie tomó su brazo para caminar mejor, y le guió despacio hasta el dormitorio. Una vez allí, con un gesto hizo abrir las sábanas de la cama, y levitando situó una toalla encima de éstas, por precaución de no manchar nada.
─ Acomódate, Macon, boca abajo ─ dijo la hechicera mientras reunía algunos aceites perfumados que necesitaba.
─ A sus órdenes... ─ Musitó, dejando el bastón apoyado en un rincón. Mientras Leta preparaba lo necesario, con cuidado comenzó a quitarse la chaqueta, y luego la camisa. La patada le había dejado una fea marca que él no se podía ver, sólo sentir. Se tumbó como Leta le había pedido, cerrando los ojos un momento al apoyar la cabeza en la almohada. Pensó que esa noche tendrían que dormir en una celda.
Leta le escuchaba cambiarse y colocarse sonriendo aún de espaldas, y cuando tuvo todo listo y él estaba echado, se acercó a la cama y se sentó en ella. Entonces observó la marca de su espalda. ─ Oh, amor... ─ rozó dicha marca muy, muy suavemente con la yema de sus dedos ─ No te preocupes, de eso me encargo yo ─ sonrió, dejó un beso en su cabeza y escogió un pequeño frasco con aceite de esencia de maría luisa, que desprendía un característico aunque relajante aroma. Vertió un poco sobre sus manos y las unió para repartir la esencia en ambas. A continuación situó sus manos sobre sus lumbares, y empezó a masajear en círculos, cada mano en un sentido, mientras transmitía mentalmente sus poderes curativos.
Al principio, sintió una aguda punzada de dolor. El conjurador se estremeció y gimió, mientras una corriente caliente proveniente de las manos de Leta se ocupaba de aliviar aquella tortura. ─ Tus manos son milagrosas, mi vida... Aunque eso ya lo sabía. ─ Añadió, con tono travieso. Había ladeado el rostro para mirarla mientras la hechicera se ocupaba de calmarle. En efecto, el dolor no tardó en sustituirse por un alivio relajante. Macon llevó una mano hacia ella, para acariciar su pierna mientras. Volvió a cerrar los ojos, con rostro sereno. Estaban en casa. Y su hechicera con él. Con eso ya era feliz.

