♢ Praeterita vita I ♦

07.01.2018

❅  Verum I ❪ Flashback ❫

Entonces, sobrevino el frío. Macon nunca lo había sentido, porque nunca se había visto en la necesidad de emplear tal cantidad de magia. Pero Albus Dumbledore le había ayudado una vez, y él no iba a abandonar una mano amiga. No era su estilo. No obstante, las consecuencias de aquel gasto de magia no habían tardado en hacer mella en ambos hechiceros. El conjurador oscuro había apoyado las manos en sus rodillas, jadeante. El pelo despeinado y grisáceo quedaba removido en su cabeza, las ropas manchadas del ajetreo de la batalla y el rostro perlado del sudor del esfuerzo. La magia chisporroteaba a su alrededor. Aquel que sería un día director de Hogwarts le observaba a su lado, apoyando una mano en su hombro.

─ Melchizedek. ─ Albus tenía por costumbre emplear su nombre arcano, a pesar de que representaba su faceta más oscura. Como sería habitual en el poderoso hechicero, acostumbraba a burlarse así de los nombres que pertenecían a las tinieblas.

─  Queda ella. ─ El oscuro conjurador entornó los ojos. Al principio no supo a qué se refería. Pero ahí estaba. En el suelo, herida de gravedad y abandonada a su suerte, pues Grindelwald había desaparecido del campo de batalla. Las chispas esmeraldas refulgieron en las manos del hechicero, que se estaba incorporando para asestarle el golpe final a la muchacha. La recordaba perfectamente. Aquellos ojos. ¿Cómo ignorar u olvidar unos ojos así? La había descubierto espiándole en el M.A.C.U.S.A., mientras mantenía una conversación con Hegell Jameson, jefe del Departamento de Seguridad Mágica. Precisamente, ambos estaban discutiendo acerca de lo mucho que dejaban que desear las barreras y defensas del comité mágico, cuando ella apareció. Era la perra faldera de Grindelwald. Y ahora la tenía frente a él para darle muerte. Alzó un brazo, apuntando con una mano hacia ella cuando...

─ Melchizedek, es mi deseo que cuides de esta mujer. ─ Macon tensó la mandíbula. La joven no separaba sus ojos de él. ¿Había oído bien? ¿Acaso Albus se había terminado de volver loco? Bien es cierto que, cuando la oscuridad le estaba consumiendo por dentro por culpa de su padre, Silas, Albus había sido el buen samaritano que se había apiadado de él. Le había salvado de Melchizedek. De sí mismo. Pero ahora el mago estaba dando muestras de haber perdido el juicio por completo.

─ Albus, esta mujer estaba tratando de asesinaros hace escasos momentos. ─ La voz de Macon sonó tan fría como lo estaba en ese momento su cuerpo, impasible.
─ Confieso que soy despistado, sí. ─ Dumbledore se acercó hasta aquella hechicera oscura. Se arrodilló junto a ella para ayudarla a ponerse en pie. Macon no había bajado el brazo.

─ Pero mi memoria no me falla, y soy consciente de que podría haber acabado con nosotros... de haber querido. ¿No es cierto? ─ La joven no respondió. Macon estaba asimilando lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Al no pronunciar palabra, Albus le miró desde abajo, sirviendo de apoyo a la bruja.
─ No eres un asesino, Melchizedek. Aunque parte de ti se esfuerce en verlo así. ─ Entonces se giró hacia la joven. ─ Leta Lestrange, ¿está dispuesta a ponerse en nuestras manos? ─ El conjurador de cabellos grises entornó los ojos. Una Lestrange. Cómo no. Macon comenzó a bajar el brazo, aunque su magia de color esmeralda continuaba brotando de las yemas de sus dedos. La susodicha no respondió. Tal vez estaba demasiado débil para ello, aferrada como estaba al brazo y las ropas de Albus. Sin embargo, con cierto esfuerzo, asintió débilmente con la cabeza. Volvió a mirar a Macon, y éste le devolvió unos ojos cargados de severidad.

─ En ese caso, Melchizedek, ya sabes lo que tienes que hacer. ─ Albus ayudó a Leta a llegar hasta Macon. Con total reticencia, ella se aferró a la tela de la chaqueta del conjurador. De no hacerlo, probablemente caería al suelo. Macon no hizo nada por sostenerla.
─  ¿A dónde irá usted? ─ Preguntó el de ojos negros. Su mirada estaba clavada en el mago, que estaba preparándose para desaparecer. Se estaba esforzando por ignorar la presencia de la mujer a su lado.
  ─ Ya me conoces. Siempre tengo asuntos que atender. ─  Le dedicó una tierna sonrisa, una sonrisa que Macon no comprendió, mientras le observaba tras los cristales de sus gafas de media luna. ─ Nos veremos pronto, Melchizedek. Te lo prometo. ─ Acto seguido, Albus había desaparecido. Allí sólo quedaban ellos dos. Dos extraños. Conjurador y bruja. La guerra, como se solía decir, hacía extraños compañeros de cama.

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